El legado de Ishi, segunda parte

Enviado por Sombra el Mié, 24/07/2019 - 15:34

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El legado de Ishi, el último indio Yana

Segunda parte

Esta es la segunda parte de la traducción del documento original, Yahi Archery, redactado por el Dr. Saxon T. Pope a raiz de sus experiencias con Ishi, el ultimo indio yana, y los conocimientos mostrados y transmitidos por el mismo Ishi, traducido con la máxima literalidad posible y comentado tanto para aclarar esa literalidad cuando se considera necesario cómo para contextualizar un texto de principios del siglo XX con los conocimientos y realidades actuales.

Autor: Saxton T. Pope

Publicado por: University of California Publications in American Archaelogy and Ethnology Vol. 13, No. 3, pp. 103-152, plates 21-37

Publicado el: March 6, 1918

Traducción comentada al español por: Ricardo Gascó, 2.019

En esta segunda parte vamos a encontrar intercaladas con la traducción multitud de notas del traductor, (n.t.:), la inmensa mayoría de ellas dando la conversión al sistema métrico decimal de las medidas "imperiales" que las anteceden con la doble finalidad tanto de facilitar la comprensión espacial del lector no acostumbrado al uso del nada intuitivo y complejo sistema imperial de medidas, como para facilitar la realización de réplicas a aquellos que se animen a reproducir las flechas y puntas cuya fabricación aquí se describe.

En la primera parte hemos visto mi introducción a la presente traducción, la tabla de contenidos, cuyo orden seguimos manteniendo y continuamos en esta segunda parte, la introducción del Dr. Saxon T. Pope a su artículo, su recopilación de términos técnicos y todo lo que nos cuenta sobre los arcos de Ishi, cómo y con qué los fabricaba y cómo los trataba y conservaba.

Esta segunda parte se centra en la fabricación de las flechas y sus puntas, ambas en secciones con explicaciones bastante detalladas, seguidas de una pequeña sección final donde se explica someramente cómo estaba fabricado su carcaj que haremos lo posible por ampliar y complementar.

Es importante volver a recordar que cuando el Dr. Pope lo escribió lo hizo desde el punto de vista, los conocimientos y los prejucios de un estadounidense y, además, de uno de principios del siglo XX.

Y también debo insistir en que hoy, 101 años después y prácticamente transcurrida ya una quinta parte del siglo XXI, desde mi punto de vista, como español y europeo, y siempre partiendo del reconocimiento y el respeto a la significativa labor del Dr. Pope, entiendo que se hace necesario comentar y explicar algunas cosas.

© 2.019 Ricardo Gascó para la traducción al español y los comentarios

 

4. La flecha

La flecha era denominada sawa.

Comentario

Viéndolo retrospectivamente y en base a la población nativa americana previa a la salvaje, criminal y genocida colonización efectuada por los ingleses primero y los estadounidenses después que se desprende de mis propios artículos "La sorpresa de Alaska" y "Prescindiendo de Alaska", ambos publicados en la sección "España y las Españas Americanas" y, resumidos, en la de la "Semana de la Hispanidad" en este mismo sitio, resulta especialmente penoso y confirmatorio del trato que se dio a los indígenas y sus culturas  el que no existan mejores muestras de arcos y flechas que los de Ishi y apenas algunas que las igualen, dado qué Ishi aprendió lo poco o mucho que sabía de los escasos conocimientos que le pudo y supo transmitir su tío, ya que él, Ishi, era un bebé o aún no había nacido cuando su tribu fue exterminada y su madre junto con su tío, aun niño, fueron de los pocos o quizás los únicos que lograron escapar y sobrevivir a la matanza y genocidio de su tribu.

Ese "se aseguraron varias flechas de las chozas" que podemos leer esconde  y tergiversa el hecho de qué todas ellas FUERON ROBADAS junto a todos sus enseres y reservas de comida, lo que presumiblemente llevo a la muerte prematura de sus ancianos madre y tío y la realidad de qué las que se conservan son de las pocas que se pudieron que recuperar "merced" a la "gentileza" de esos LADRONES o a que les fueron compradas.

De todos los espécimenes de flechas en el Museo Universitario (n.t.: de la Universidad de California), apenas alguna muestra el perfecto trabajo de las de Ishi. Sus proporciones y acabados son de muy primer orden.

En el momento del redescubrimiento del resto de la tribu, se aseguraron varias flechas de las chozas, que sin duda representan su trabajo promedio.

Más tarde, mientras estuvo con nosotros, hizo decenas de flechas de varios tipos y tamaños. Aparentemente algunas flechas, aquellas de mayor longitud, midiendo una yarda (n.t.: 91,44 cm), y con grandes puntas, eran puramente para propósitos ornamentales, o diseñadas para ser dadas como regalos, o posiblemente usadas en tiempos de guerra.

Sus ástiles de caza eran de dos tipos, con punta de obsidiana o con golpeador.

Para caza menor, como pájaros y conejos, usaba las últimas.

Para cazar ciervos, osos y predadores las flechas usadas eran afiladas.

Entonces, si el objetivo era fallado, resultaba en una punta de flecha rota.

Los ástiles de flecha los hacia de diferentes tipos de madera.

Los obtenidos de su choza en el Condado de Tehama parecen ser de avellano de bruja, humoha, y esa era la madera favorita para él.

Un bambú nativo, parecido a la caña, también era un gran favorito.

El cornejo (cornejo sanguino) y el mahogani de montaña (n.t.: el Dr. Pope hace referencia al Cercocarpus montanus pero posiblemente incurra en un error y se trate del Cercocarpus betuloides del que se sabe que era usado por los indígenas norteamericanos para confeccionar sus flechas).

Comentario

El hecho de qué Ishi nombre tanto el loko como el habaigili'i sin poderlos mostrar e identificar abunda en la escasez e imperfección de los conocimientos que le pudo transmitir su tío, que era un niño o apenas un preadolescente cuando los adquirió el mismo.

El detalle de la implementación de ástiles previos es muy significativo a la vista de la información presentada en los Informes Ashby, también publicados en este mismo sitio en la sección correspondiente, ya que en todos los casos se trata de maderas más densas, duras y pesadas qué, a todas luces, incrementarían notablemente el ACE, el adelantado del centro de equilibrio de sus flechas y, en consecuencia, su capacidad de penetración.

Otras maderas para ástiles que fueron señaladas por él fueron el werebakanynu'an (Philadelphus Lewisii), sawa'i ("arbusto de flechas" Paeonia Brownii), y loko y habaigili'i, sin identificar.

Más tarde, como resultado de una modificación de ideas que experimentó en nuestra compañía, adoptó la espiga de abedul de 5/16 de pulgada (n.t.: 7,93 mm) como el material ideal, probablemente debido a su accesibilidad.

En el caso de las flechas de caña, un ástil anterior de madera, de seis a ocho pulgadas (n.t.: de 15,24 cm a 20,32 cm) era añadido invariablemente, y estos ástiles anteriores eran añadidos algunas veces a los ástiles de madera. Estaban hechos de avellano de bruja, castaño, grosella salvaje y en ocasiones otras maderas.

Estos ástiles anteriores eran normalmente de maderas más pesadas. 

En general debe decirse que su flecha típica de caza era un ástil de avellano de bruja con un ástil anterior cuya longitud completa se acercaba a las 29 pulgadas (n.t.: 73,66 cm).

El diámetro en su centro era de 11/32 de pulgada (n.t.: 8,73 mm); y su peso total era de 330 granos.

El enfleche de la flecha constaba de tres plumas del ala de un buitre, de 4" 3/4" de largo (n.t.: 12,06 cm).

Estaban recortadas rectas en su parte delantera, donde su anchura era sobre 1/8 de pulgada (n.t.: 0,32 cm) y terminaban a 3/4 de pulgada (n.t.: 1,9 cm) del encoque de la flecha. En sus extremos las plumas estaban atadas con tendones.

Recolectando madera para flechas él generalmente seleccionaba brotes largos y rectos de avellano de bruja donde crecían compitiendo con otros arbustos o árboles, cortándolos sobre una yarda de largos (n.t.: 91,44 cm), su mayor diámetro era poco más de tres octavos de pulgada (n.t.: 9,52 mm) a las que despojaba de su corteza con la uña de su pulgar.

Siempre hacia las flechas en grupos de cinco.

Luego seleccionaba los mejores de sus palos y, uniéndolos en grupos, los ataba juntos asegurados con una cuerda.

En ese haz se les permitía curarse, yaciendo en una posición horizontal.

Tras cualquier periodo entre una semana y un año, estos palos podían utilizarse.

El primer proceso en la fabricación era el enderezado de sus ástiles.

Para hacer esto bien reunía un pequeño montón de brillantes brasas de un fuego o utilizaba una piedra caliente.

Aplicaba presión con sus pulgares en el lado convexo de cualquier irregularidad o curva en un ástil y, sujetándolo cerca del calor, pasaba la madera atrás y alante ante la piedra o los carbones.

Cuando la madera estaba caliente cedía fácilmente a la presión. En menos de un minuto cualquier curva o encorvamiento podía ser enderazado.

La madera tras enfriarse retiene siempre su nueva posición.

Mirando para abajo el eje de su ástil de vez en cuando Ishi valoraba su rectitud.

Tostar o decolorar la madera era la evidencia de una mala técnica.

El suavizado se realizaba raspando y frotando el ástil de la flecha entre dos piezas de arenisca.

Algunas veces terminaba el ástil girándolo hacia adelante y hacia atrás sobre su muslo con la palma de la mano derecha, mientras lo trabajaba con un pedazo de piedra arenisca sostenido en su mano izquierda.

De este modo podía rotar un ástil prácticamente con la misma precisión que si usase un torno.

Cuando debía añadirse un ástil previo, la longitud del ástil principal era de 21 pulgadas (n.t.: 53,34 cm).

Comentario

Hay que hacer notar que sus ástiles eran troncocónicos, más gruesos del lado de la punta que del lado del encoque lo qué, cómo se presenta, explica y evidencia en los Informes del Dr. Ed Ashby, mejora la penetración.

En el extremo más fino cortaba el encoque para la cuerda del arco con una lajita de obsidiana, haciendo este encoque de 5/32 de pulgada (n.t.: 3,97 mm) de ancho y de 3/16 de pulgada (n.t.: 4,76 mm) de profundidad.

En las flechas más grandes lo profundizaba hasta 1/2 pulgada (n.t.: 1,27 cm).

El otro extremo del ástil era luego taladrado para acomodar el ástil previo.

Su método para taladrar era como sigue:

Colocando una afilada pieza de hueso en el suelo, con la punta para arriba, y sujetándola con sus talones, el rotaba el ástil perpendicularmente sobre este punto.

El movimiento aquí era idéntico al utilizado para hacer fuego mediante una base de madera y un palo taladro, con el palo siendo girado entre las manos mientras se ejerce una presión para abajo.

La perforación promediaba una pulgada de profundidad (n.t.: 2,54 cm) y un cuarto de pulgada (n.t.: 6,35 mm) de diámetro y centrado en un punto.

Durante este proceso de taladrado el extremo inferior del ástil estaba firmemente envuelto con tendón o cuerda de cedro para evitar que se rajase.

Un extremo del ástil previo se conformaba ahusado y hecho para ajustar en su alojamiento, dejando un leve resalte donde ambos segmentos se unían.

Para asegurar la unión usaba cola de salmón o resina y la junta se recubría con tendón macerado en una extensión de una pulgada (n.t.: 2,54 cm) o más.

Cuando un grupo de cinco flechas había sido completado hasta este punto las pintaba.

Sus colores favoritos eran el verde y el rojo.

Al principio insistía en que esos eran los únicos colores que se podían usar porque tenían el efecto de hacer que las flechas volasen rectas.

Cuando empezamos a superarle en puntería raspó todas sus flechas y las pintó de rojo y azúl, al parecer para cambiar su suerte.

Los ástiles obtenidos de su choza eran de estos últimos colores, pero al menos el azul es un pigmento estadounidense, tal vez procurado durante merodeos nocturnos en cabañas vacías.

El rojo, me contó, venia de la tierra y se hacia con fuego.

El azúl lo obtenía de una planta "como una patata", el verde de una planta "como una cebolla", el negro del ojo de un salmón o trucha4.

Los pigmentos se mezclaban con goma o savia de algunos árboles.

Comentario

Ese "No tuvo la oportunidad de explicar..." oculta la inconsciente torpeza criminal de la Universidad de California de, cuando le retenía como objeto de estudio, ponerle a trabajar en el Hospital Universitario, el lugar donde mayores probabilidades existían de que adquiriese alguna enfermedad contra la que no tuviera defensas y acabase con su vida, cómo así finalmente ocurrió.

No tuvo la oportunidad de explicar más completamente el proceso. Mientras estuvo con nosotros usó los pigmentos comerciales en polvo disueltos en una solución alcohólica de laca.

En el Museo de la Universidad hay un ejemplo de pigmento rojo obtenido de los indios Yahi antes de la captura de Ishi y es el usual ocre rojo.

El diseño empleado en esa pintura usualmente consistía en alternar anillos de rojo y azúl en un cuarto de pulgada de amplitud, con un amplio espacio entre dos grupos de franjas, algunas veces ocupada por puntos azules o rojos, o lineas serpenteantes corriendo a lo largo.

Solo ese espacio que seria más tarde cubierto con las plumas se pintaba. El diseño era usualmente tres anillos cerca del encoque y luego diez anillos al final bajo de las plumas (n.t.: la parte mas baja de la pluma, la más cercana a la punta de la flecha).

Para aplicar su pintura usaba un pequeño palito de madera o formaba un pequeño puñado de cerdas fijadas con resina, dentro de la caña de una pluma, creando un pincel.

Para hacer los anillos de color él sujetaba la flecha entre su brazo izquierdo y el pecho mientras la rotaba con la mano izquierda.

En su derecha, que tenia asentada en su rodilla, sujetaba el pincel con su colorante.

Para hacer las lineas serpenteantes utilizaba una pequeña plantilla de madera o de piel de ciervo cortada con una arista zigzagueante a lo largo de la que pasaba su pincel.

Estas figuras parecian no tener ningún significado simbólico para él. Aparentemente eran simplemente diseños estándar.

Cuando la pintura estuvo seca, colocó un amplio anillo de pegamento por encima y por debajo, en el sitio que contiene las plumas que uniría después. Esto lo dejó secar.

Muchos tipos de plumas se usaban en las flechas de Ishi, águila, halcón, búho, buitre, ganso salvaje, garza, codorniz, paloma, picamaderos, pavo, chara o arrendajo azúl.

El prefería plumas de águila pero admitía que eran muy difíciles de conseguir. Mientras estuvo con nosotros uso tanto plumas de cola cómo timoneras del ala de pavo doméstico. Como los mejores arqueros ponía tres plumas de la misma ala en cada flecha.

El primer proceso para preparar la pluma era separar sus laminas en la punta y dividir el cañón a lo largo de toda su longitud estirándolas aparte.

Sólo usaba la tira formada por la parte posterior de la pluma original.

El colocaba un extremo sobre una roca, sujetándolo firmemente con el gran pulgar de su pie sobre el y estirándola tensa con su mano izquierda mientras que con un afilado cuchillo afeitaba la superficie superior del interior del cañon o costilla hasta el espesor del papel.

Raspándola con una lajita de obsidiana la redujo ahora a un espesor translúcido, sin dejar medula en ella.

Las plumas así raspadas son muy flexibles pero la lámina tiende a quedar en un ángulo de treinta grados respecto a la perpendicular cuando se fijan en la flecha.

Habiendo acabado muchas plumas así las reunió en grupos de tres, de acuerdo a su similaridad de forma y color, atando cada grupo con un trocido de hilo.

Cuando estuvo listo para montarlas en las flechas, estos juegos de tres, cada uno de los juegos de la misma ala, fueron remojados en agua caliente.

Una vez blandas, las plumas eran sacudidas hasta secarlas, separadas, y comprobada la resistencia de cada una tirando de sus extremos.

Entonces, recogía aproximadamente media pulgada de barbas sobre la parte posterior del raquis o cañon y, sujetando ese extremo de forma segura, removía el resto de las barbas hacia atrás, para tener un espacio libre sobre el cual aplicar tendones en la siguiente etapa.

Cada pluma a su vez se preparó así.

Delicadísimos tendones de ciervo, habiendo sido separados y empapados en agua, eran masticados ahora en una pulpa fibrosa y estraídos de la boca en finas cintas de aproximadamente un pie (n.t.: unos 30 cm) de largo.

Él aguantaba un extremo con los dientes, el otro se fijaba a la flecha mediante una serie de vueltas cerca del encoque.

Entonces colocaba sucesivamente cada pluma en su posición, una perpendicular al encoque, dos en sus ángulos opuestos, creando espacios equidistantes entre ellas.

Tal y como rotaba el ástil, manteniendo sujeto el tendón con sus dientes, ataba el raquis y media pulgada (n.t.: 1,25 cm) de barbas juntas apretadas contra el ástil, suavizandolo todo con la uña de su pulgar hasta el final.

La posición invertida del resto de las barbas en este punto hacia su trabajo más fácil.

Habiendo tratado una flecha, la dejaba secar mientras acababa cada una de las restantes cuatro.

El próximo paso era peinar la extremidad anterior del emplumado en su posicion.

Comenzando en el último anillo pintado donde comienza la cola, él quitó las láminas en preparación para la aplicación de los tendones.

Nuevamente enrollo una cinta de tejido (n.t.: con tejido se refiere a tendón), y colocando cada pluma en su lugar, sosteniendo la superior con su pulgar izquierdo y las otras dos con el primer y segundo dedo respectivamente, comenzó a atar con el tendón.

Tras efectuar algunas vueltas, liberó su sujeción y estiró cada pluma en su posición final, que era sobre un dieciseisavo de pulgada (n.t.: poco más de milímetro y medio) desviada del eje de la flecha, ligeramente girada en dirección al lado cóncavo de la pluma (n.t.: parece describir un emplumado con un ligero desplazamiento (offset) o una leve espiral).

Ahora, estirando las plumas tensas y ajustadas, cortó el tendón a sobre una pulgada y media (n.t.: 3,81 cm) y completó la atadura por rotación, más un suavizado final con la uña de su pulgar.

Aplicando el tendón fue muy cuidadoso de hacerlo en una apretada espiral, sin sobreponerlo nunca excepto en las últimas vueltas.

Cada flecha, estando ya emplumada, se dejó al sol para secarse.

Tras algunas horas tomaría un ástil y golpeando suavemente contra su palma restauraría las barbas en su dirección natural, suavizando el emplumado.

Después de haber acariciado las plumas completamente secas para asentarlas, las recortó colocándolas en un trozo de madera plano, usando un palo recto como regla y colocando una laja de obsidiana a lo largo de este borde.

Las lajas de obsidiana estan tan afiladas como una buena navaja y cortan mejor las plumas.

Sus plumas por lo general tenían un borde recto y una altura de 1/8 de pulgada (n.t.: 0,3 cm) en el extremo delantero y 3/8 (n.t.: 0,95 cm) o 1/2 pulgada (n.t.: 1,27 cm) en el extremo del encoque.

A veces se cortaban en una línea ligeramente cóncava, y por lo general no se realizaban recortes cerca del encoque, pero la curva natural de la punta de la pluma se dejaba aquí, lo que daba un acabado elegante a su trabajo.

En lugar de dejarlas perpendiculares al ástil, como es recomendado por nuestros antiguos arqueros Ingleses, las plumas de Ishi estaban colocadas en un ángulo en su flecha y tendían a caer o yacer próximas al ástil tras mucho uso o por ser cargadas en el carcaj.

Esta posición no parece tener la ventaja, sin embargo, de facilitar un mejor giro a las flechas en vuelo, el cual, naturalmente, tiende a una mayor precisión.

Algunas de las plumas de Ishi no eran de más de tres pulgadas (n.t.: 7,62 cm) de largo, y las de sus flechas de exhibición o de guerra eran de la longitud completa del ala de un halcón (n.t.: utiliza la expresión "hawk's pinions" y en una expresión así "pinions" hace referencia a la parte exterior del ala de las aves incluyendo las plumas "de vuelo", las que nosotros denominamos timoneras), casi un pie (n.t.: 30,48 cm).

En ninguna de las flechas hechas en la naturaleza (n.t.: utiliza la expresión "in the wilds", literalmemte en los salvajes) existe ninguna evidencia de pegamento entre la pluma y el ástil de la flecha, pero mientras estuvo con nosotros él ocasionalmente ponía un poco de pegamento debajo de su pluma tras atarla.

En su estado nativo, al parecer no usaba protector sobre el tendón para mantener la humedad fuera, incluso ni grasa, ni aplicaba ningún acabado o barniz a la superficie de sus ástiles.

La flecha en las condiciones acabadas de describir era cortada entonces con precisión a una cierta longitud.

Su método de medida era tomar el extremo por la parte externa del encoque y, entonces, avanzando a lo largo del ástil con su mano izquierda, casi en su posición de tiro (como se describirá luego), el cortaba el ástil al final de su dedo índice.

Esto le daba una longitud de unas veintinueve pulgadas (n.t.: 73,66 cm).

El corte del ástil se hacía con un movimiento de afilado de un cuchillo de obsidiana.

Más adelante usó un trozo de una sierra para metales.

La punta del ástil era entonces ligeramente redondeada, y si la hacia para caza menor, recubierta con tendón.

Si iba a usar puntas de obsidiana, hacía un encoque similar al preparado para la cuerda del arco, cortado de forma qué cuando la flecha se colocaba en el arco para abrirlo, este encoque quedase en una posición perpendicular.

La idea de colocar la punta en un plano vertical es que en esa posición pasará entre las costillas de un animal con más facilidad.

Ishi parecía no saber que en vuelo una flecha gira rápidamente y forzosamente debe salir de ese plano inmediatamente que deja el arco. Con los antiguos arqueros ingleses, la punta de caza (n.t.: la traducción literal siempre es "punta ancha" que nosotros interpretamos en español cómo "punta de caza" aunque realmente debería ser "punta de caza mayor") se colaca en el mismo plano que el encoque por la misma errónea razón. Con los Ingleses, naturalmente, el arco es mantenido prácticamente perpendicular, mientras que con muchos indios, así cómo con Ishi, el arco se coloca más o menos en posición horizontal durante el disparo.

 

5. Fabricación de puntas de flecha

Hueso, obsidiana y sílex fueron usados por los Yahi.

Comentario

Por desgracia el Dr. Pope obvió u olvidó la fabricación de las puntas de hueso que si cita en la primera línea, por lo que sólo podemos suponer cómo podrían fabricarse.

Cabe suponer que el hueso seria inicialmente rajado, quizás impactándolo con una piedra roma, redondeada, para posteriormente ir dándole forma con un rascador de sílex u obsidiana.

La duda surge en el vaciado final para obtener el mejor filo posible, ya qué bien podía ser mediante fricción contra una arenisca, al igual que se afila una hoja de metal, bien mediante el "corte" en capas muy finas mediante un filo de sílex u obsidiana para irlo desbastando hasta obtener el filo deseado.

Al sílex Ishi lo denominaba cómo pana k'aina y parecía gustarle por su variedad de colores.

Pero la hahka u obsidiana se usaba más habitualmente, y entre los Yahi servía incluso como moneda.

Núcleos de obsidiana se intercambiaban de tribu en tribu a través de su país.

Probablemente llegaban a través de los indios Hat Creek del condado de Shasta y otros distritos donde prevalecía este vidrio volcánico.

Un núcleo de obsidiana se hace añicos al proyectar otra piedra contra el.

Los trozos así obtenidos se rompen a un tamaño más pequeño sosteniendo un segmento corto de cuerno de venado o una pieza de hueso contra una superficie sobresaliente, y dándole un inteligente golpe seco con otra piedra.

Las esquirlas de obsidiana resultantes más adecuados para puntas de flecha tenían aproximadamente tres pulgadas de largo (n.t.: 7,62 cm), una pulgada y media de ancho (n.t.: 3,81 cm) y media pulgada (n.t.: 1,28 cm) de espesor.

Seleccionando uno de estos, de acuerdo con su forma y grano, comenzaba el proceso de esquirlado.

Protegiéndose la palma de su mano izquierda con un trozo cualquiera de piel de ciervo, y apoyando el codo izquierdo en la rodilla izquierda, sostenía apretadamente la obsidiana sobre su palma doblando sus dedos sobre el.

El esquirlador era una pieza de cuerno de ciervo unido a un palo de aproximadamente un pie (n.t.: unos 30 cm, un pie son 30,48 cm) de largo.

Sujetando este instrumento de forma segura en su mano derecha, el palo reposando contra el antebrazo para equilibrarlo, presionaba la punta de el hueso contra el filo de obsidiana con vigor, fracturando o esquirlando un pequeño bocado.

Invirtiendo la posición de la obsidiana en su mano y atacando el filo opuesto con la herramienta de esquirlar, repitiendo cuidadosamente esta maniobra tras varios esquirlados, lentamente formaba su punta de flecha, haciendo largas, profundas esquirlas o leves escamas de acabado, tal y cómo las circunstancias requiriesen.

Usaba cuerno de ciervo para el trabajo basto, pero estando con nosotros usaba principalmente una varilla de hierro dulce de tres dieciseisavos de pulgada (n.t.: 0,48 cm) de diámetro y ocho pulgadas de largo (n.t.: 20,32 cm), teniendo una empuñadura o acolchado de tejido envuelto sobre el unas seis pulgadas (n.t.: 15,24 cm).

La herramienta debía ser de una sustancia qué se deforme ligeramente y así enganche el afilado filo de la obsidiana. Los útiles de acero templado fallan a servir para este propósito. Sus herramientas de esquirlado tenían ligeramente la forma de un destornillador, solo que de puntas redondeadas en lugar de escuadradas.

Las vaciaba muy afiladas.

Cuando la obsidiana había asumido la deseada forma triangular, cambiaba su trozo de piel de ciervo por una corta pieza para el pulgar del mismo material.

Sujetando la punta de flecha en eso con su índice izquierdo, seleccionaba una pequeña herramienta de esquirlado, como del tamaño del lateral de un punzón de zapatero, hecha con una uña de alambre (n.t.: con una punta de alambre de espino quiere decir) introducida en una empuñadura de madera, y formaba los rebajes cercanos a la base de la punta de flecha presionando la punta de la herramienta de esquirlado contra la bola del pulgar.

Fabricar una punta de este tipo requería sobre una media hora. Las hacía en todos los tamaños y formas. Las largas a modo de espiga eran para flechas de regalo o la guerra. Las puntas de tamaño medio, del orden de 1 1/2 pulgadas (n.t.: 3,81 cm) de largo, y 1/4 de pulgada (n.t.: 0,63 cm) de grueso), eran las usadas normalmente para la caza del ciervo, mientras las pequeñas, lisas y ovales (n.t.: pienso que se refiere a con forma de hoja) eran para dispararles a los osos.

Aparentemente, los Yahi tenían costumbre de hacer la mayoría de los arcos y flechas lejos del campamento, en lugares apartados particularmente favorables para estas tareas.

Esto era especialmente cierto al menos para la fabricación de puntas de flecha, en parte, sin duda, a causa del peligro que conlleva, y parcialmente a causa de ser estrictamente un trabajo de hombres.

Ishi contaba que los hombres se congregaban en un círculo, en un lugar cálido y soleado, pintadas sus caras con negro fango para mantener las volantes esquirlas lejos de sus ojos, y en silencio, tanto por propositos ceremoniales como para evitar acabar con esquirlas de pedernal o de vidrio en sus bocas..

Entre sus teorías sobre la enfermedad, la qué invocaba más usualmente era la supuesta presencia de trocitos de obsidiana o púas de cactus y objetos afilados similares en el sistema.

El hombre medicina daba soporte a esta teoría, más aún, por la extracción "mágica" de objetos similares de sus pacientes, mediante la succión del punto doloroso.

Si por casualidad un trocito de vidrio entraba en su ojo mientras esquirlaba puntas de flecha, Ishi estiraba y doblaba para afuera su párpado inferior con su dedo índice izquierdo, siendo muy cuidadoso de no parpadear o frotar el párpado. Entonces se doblaba, mirando al suelo, y se daba a si mismo un tremendo golpe en la coronilla de su cabeza con la mano derecha. Esto supuestamente desalojaría el cuerpo extraño del ojo.

Tras mucho trabajo cercano, sufría con frecuencia dolores de cabeza por fatiga visual. Su visión a distancia era excelente pero, como muchos indios, tenía astigmátismo. También se quejaba de fatiga y calambres en sus manos tras un esquirlado prolongado.

Las puntas de flecha se instalaban primero en el ástil mediante resina de pino caliente, aplicándola en el extremo ranurado, y entonces moldeándola en torno a la base de la punta de obsidiana.

Cuando estaba firme, además aseguraba la punta envolviéndola con tendón, alante y atrás, sobre las espigas y en torno al ástil. Le daba tres vueltas sobre cada resalte, y el tendón lo envolvía sobre la flecha hasta media pulgada (n.t.: 1,27 cm) inmediatamente tras la punta.

Tras secarse, esto aseguraba la punta firmemente y era muy suave. Un ligero pulido con arenisca le daba un fino acabado a la unión.

Estas puntas frecuentemente las guardaba en una pequeña bolsa de cuero, y no las unía a la flecha hasta algunas horas antes de la caza prevista.

Se mantenían puntas adicionales preparadas para sustituir a las rotas durante el uso. Las grandes hojas ovales atadas a mangos cortos se usaban como cuchillos. Las hojas aún más grandes del mismo tipo, en un mango largo, se usaban como lanzas.

Tras alguna experiencia disparando a blancos, Ishi ideó un sustituto para las puntas de entrenamiento normales, o cabezas. El hacía puntas golpeadoras de delgados tubos de latón o de palos de paraguas de acero, cortados a una pulgada (n.t.: 2,54 cm) de largo.

Los llenaba de profundas muescas transversales en un extremo y golpeaba esta porción hasta una forma cónica roma. Estas cabezas las colocaba en sus ástiles con pegamento.

 

6. El carcaj

Cuando esperaba una cacería prolongada, Ishi llevaba hasta sesenta flechas con él, aunque su carcaj rara vez contenía más de una cuenta (n.t.: una cuenta es una medida de 20 unidades utilizada antaño cuando, para contar grandes cantidades, se hacia una muesca en un palo).

Las flechas adicionales las mantenía cubiertas con una piel y atadas con tangas de piel de ciervo, las llevaba colgadas al hombro.

Comentario

El Dr. Pope no describe el proceso completo de preparación de la piel.

Una vez despellejado el animal su piel debió ser vuelta, introducida una piedra o una pieza de madera redondeada y suavizada en su interior y raspada hasta eliminar cualquier resto de carne y grasa adherida a ella.

Luego se debió untar toda con una solución del propio cerebro del animal para curtirla. Hay que recordar el viejo axioma de doble sentido que reza "Todo animal tiene suficiente cerebro para proteger su piel".

Una vez curtida con la masa cerebral se debió de lavar, extender a secar y una vez seca, exponer al humo, preferiblemente lo más frío posible para evitar "cocinar" el cuero lo que lo deterioraría, durante bastante tiempo para exterilizarla de cualquier microorganismo qué pudiera quedar en ella e iniciar su descomposición.

Después, si la deseaba flexible y no rígida, debió de trabajarse rozándola tensada contra una madera pulida o masticándola.

El acabado de las pieles tratadas así es flexible, suave, permite su lavado y el ahumado le da un bonito color dorado-tostado al cuero cuya intensidad depende del tipo de humo y la duración del proceso.

Su carcaj, ahora en el Museo Universitario (n.t.: cómo ya se ha dicho anteriormente, el de la Universidad de California), estaba hecho con la piel de una nutria, el lado del pelo para afuera, y el pelo para arriba. !media 34 pulgadas de largo, 8 pulgadas de ancho en el extremo superior y 4 pulgadas en el inferior.

La piel había sido retirada entera, excepto por una incisión sobre las nalgas.

Las patas delanteras habían sido rotas y dejadas colgando, mientras las patas delanteras eran dos vainas de piel invertidas dentro del carcaj.

La boca había sido cosida con tendón, y la cola dividida servía cómo cinta de carga (n.t.:  bandolera).

Cuatro punciones en la espalda del animal mostraban donde las puntas de un arpón para salmón habían entrado y salido, indicando su método de captura.

Una banda de piel de ciervo había sido cosida en el exterior del carcaj, y siguiendo por su interior, cosida otra vez a dos tercios para abajo. Su uso parece haber sido a modo de una cinta de carga.

Además de sus flechas, el llevaba su arco en el carcaj, y se lo colgaba sobre el hombro izquierdo.

No resultaba fácil extraer las flechas del carcaj rápidamente, por lo que estaba acostumbrado a llevar algunas en la mano.

Estas, durante el acto del disparo, Ishi bien las dejaba en el suelo, bien las sujetaba bajo su brazo derecho, esto no interfería cuando él abría su arco.

 

Y hasta aquí los capítulos cuatro al siete de la obra original.

En la siguiente entrega veremos qué nos contó el Dr. Pope sobre las técnicas de empuñado del arco, de caza y de disparo de Ishi y algunos datos sobre su efectividad.

  • 4. Ishi designó a Lathyrus sulphurea, kununutspi'i, como una pintura amarilla para flechas. La "cebolla" de la que se obtuvo el verde puede haber sido una planta relacionada con la lily Fritillaria lanceolata, que llamó t'aka, aunque declaró que esta especie produce un tinte de color salmón. Commandra umbellata, punentsaw'i en su idioma, también se usaba para pintar flechas.